Costará trabajo convertirnos a esta verdadera imagen porque estamos acostumbrados a la caricatura falsa de Dios. Caemos en el mismo error, día a día, cada vez que nos referimos a Él, cuando decimos, por ejemplo, «si Dios quiere», cuando le rezamos o cuando nos consideramos bajo su supuesta mirada gélida, tan parecida a la de los ojos de la merluza tendida sobre unos trozos de hielo en cualquier pescadería.