Hoy padecemos una sobredosis manifiesta de conciencia política. La vieja afirmación de Aristóteles que caracterizaba al hombre como un «animal político» se ve repetida a diestro y siniestro como un mantra inevitable y consabido del que ya parecería que no nos pudiésemos desprender. Somos «políticos» sin remisión; es más, nuestro sistema de enseñanza declara desde las primeras líneas de la ley que lo dirige (la misma desde hace ya muchos años pese a los cambios) la intención prioritaria de hacer de nosotros «ciudadanos». Que lleguemos a ser matemáticos o artistas es asunto secundario. Nos quieren ciudadanos a golpe de decreto, desde la tierna infancia.