cosa más fácil para el escritor es darle al lector lo que el lector quiere, por la simplicísima razón de que el lector no sabe lo que quiere: sabe lo que no quiere, como todo el mundo; y lo que no quiere son cosas muy nuevas, diferentes de lo que está acostumbrado a consumir. Se podría decir que, si el lector sabe que no quiere lo nuevo, sabe, contrario sensu, que quiere, sí, lo viejo, lo conocido, que le permite gozar, menos ansiosamente, del texto.