—¿Qué puedo decir? Nuestros hijos tendrán suerte de que sea su padre —digo sin pensarlo, lo que me deja helado, pero la incomodidad dura un segundo antes de que Summer se eche a reír.
—Estás loco si crees que pariré a un hijo con tu cabezota. Será mejor que tu esposa tenga las caderas anchas. —Eso despeja la tensión de mi pecho.
—Lo añadiré a mi lista. Caderas anchas para bebés cabezones.
—Y no te olvides de añadir que esté dispuesta a padecer con tu idiotez.
—¿Eso haces conmigo? ¿Sufrir? —Solo asiente con la cabeza, porque la mitad de su atención está en el portátil. Me acerco para apartarlo de sus piernas y ella no se queja cuando la agarro del tobillo para atraerla a mí. El trabajo queda abandonado, lo que me conmueve, porque nunca abandona los libros, pero ahora solo está enfocada en mí. Huele tan bien que hundo la nariz en el dulce aroma de su cuello—. ¿Consideras esto sufrimiento?
—Sí —jadea al sentir mi erección—. Una absoluta tortura.
Subo su blusa blanca mirándola para obtener su permiso, pero ella no pierde tiempo y termina de quitársela. Sus pechos libres están tan cerca de mi boca que tengo que alejarla de mi regazo para fingir que mantengo la compostura. Después, le coloco el cabello detrás de su hombro y acaricio cada centímetro de piel desnuda, excepto donde ella quiere. Recorro el contorno de su cuerpo y de sus pechos, por lo que emite un gemido frustrado. Entierra los dedos en mis hombros y, cuando la miro, sus ojos están en llamas.
—Estoy semidesnuda en tus piernas, Crawford. No tienes que ser un genio para saber lo que quiero que hagas.
—Sé lo que quieres. —Me acerco sin tocar sus pezones ansiosos—. Siempre sé lo que tu cuerpo quiere de mí, Summer, pero también sé que así te gusta. Quieres que te haga desear, que te haga sufrir. —Mi respiración recorre su piel erizada cuando beso con suavidad el camino entre sus pechos. La mano que presionaba mi hombro asciende hasta mi nuca.