Nuestro tiempo sobre la tierra es limitado. La vida es extremadamente corta. Y me sentí envejecer en la nieve de Boston, rodeado de hombres con la nariz enterrada en montañas de libros. Prefiero el sol, a estos niños, las cosas sensibles. Soy consciente de lo estrambótica que es Florida, pero... Ah, he estado leyendo sobre su historia colonial, sobre Ponce de León, todo eso, seguro que conocen esa leyenda sobre la fuente de la eterna juventud que vino a buscar por estas latitudes: ¡pues voilà, a eso mismo vengo yo!
Se oyeron risas y palmadas de celebración en toda la playa, como si mi padre acabara de dar una clase magistral.
–Sí –susurró la mujer–, el entrevistador decía que piensa desde la vida, no desde la academia. Lo llamaba «el pensador de la piel».
–¡Pero qué cursilería! Aunque un poco cuuursi sí soy, ¿a que sí, niños?