—¿No te duele, insolente? ¡Pues ahí tienes doble ración! —gritó el comerciante pegándole tan fuerte que ya estaba sudando a mares.
Epicteto seguía sin inmutarse hasta que finalmente abrió la boca para decir:
—Cuidado, señor, que si seguís así, vais a romper vuestro bastón.